8 sept. 2011

Ciencia, exilio y resistencia. ¿Cómo acabar con la colonialidad y la dependencia investigadora?



En los últimos dos años el futuro de las personas investigadoras españolas y aragoneses ha sido alterado, troncado, en su totalidad. Por una parte, much@s investigador@s que se habían beneficiado, con mayor o menor suerte, del sistema de investigación instaurado durante la etapa postfranquista no han podido regresar a casa. Nos referimos a la cantidad de personas que estaban cumpliendo sus períodos de investigación postdoctoral en el extranjero. A falta de cifras, el fenómeno ha sido reiteradamente denunciado entre los medios de precarios científicos[1]. La reducción de formas de inserción profesional y de investigación entre l@s que todavía piensan hacer un doctorado está creando, por otra parte, situaciones bastante alarmantes, como la emigración forzada, la competencia extrema o la subordinación total a los intereses de los directores de tesis —en su mayoría hombres heterosexuales, machos. ¿Todo esto es nuevo? ¿Acaso esto representa una crisis? No podemos ser tan ingenuos. Más bien, este sistema de «selección» y de «gestión» natural de la supervivencia de much@s investigador@s que no eran «rentables» ha sido aplicado sistemáticamente desde inicios de los años ochenta, se agravó en los noventa y estalló en la tercera década postfranquista, sólo que se concentraba en ciertas vocaciones o disciplinas. Esta es nuestra hipótesis, ¡ójala el planteamiento fuese erróneo!
Durante las décadas anteriores, cuando la crisis no estaba oficialmente declarada, la libertad de la investigación fue severamente postergada [2] a través de complejos sistemas de colonización y de precarización de la investigación. Por disciplinas, la declaración arbitraria dependiente de los científicos socio-mercantilistas —una especie de socialismo de mercado instaurado bajo la primera década postfranquista— de aquello que tenía «rentabilidad», y donde el Estado socio-mercantilista tenía que soportar sus costes, generó una ciencia superior y otra se inferiorizó. En consecuencia, se jerarquizó de una manera excluyente: existía una primacía de unas frente a otras; aquellas disciplinas que no eran rentables estaban condenadas a la explotación, a la servidumbre y a la caridad —lo que ocurrió con muchas de las ciencias humanas. El valor neoliberal-socialista creó su propio sistema jerarquizado excluyente y, por lo tanto, colonial. ¿Colonial en que medida? En la medida en que el ascenso social, en este caso, era posible de acuerdo con unas normas constituyentes concretas: no blanqueándose o convirtíendose, sino adquiriendo capital, convirtiéndose en rentables. La conversión, la criollización, era posible adquiriendo resultados rentables, patentables o privatizables; también era posible asumiendo la lógica colonial en el particular sistema-mundo de la investigación, es decir, forzando a muchos postdoctorales a emigrar a otros sistemas de investigación más «rentables» y a importar ciencia de otros países —lo que se esconde tras el eufemismo de movilidad— a bajo coste, a expensas de la persona que investiga, a condición de permitirles una reinserción truncada; también consintiendo un régimen de semi-esclavitud [3], renegando a la libertad de investigación y/o convirtiéndose en negros precarios al servicio de los intereses de «proyectos», lo que eran formas de explotación temporal implementadas por institutos públicos y privados con la colaboración de las Administraciones «publicas», por profesores de departamento al servicio éstos o de otros superiores políticamente hablando, por ellos mismos —en el caso más perverso—, etc.; además de otras formas aún por identificar. El complejo sistema de jerarquización y de subalternidad se alteró respecto a las formas ideológicas de dominación franquistas para pasar a depender de criterios neoliberales —paradójicamente, con al «socialismo científico».
En realidad, el botín era tan pírrico que cuando este ha roto aguas, muchos de estos complejos de dominación han dejado de aportar las tímidas recompensas de ascenso y han agravado las formas de dominación. El exilio forzado es endémico en muchas disciplinas que cuentan con personal formado en el extranjero. Muchos no volveremos a ocupar un puesto de investigación en años donde nos formamos. El futuro de las generaciones de la ciencia está seriamente comprometido, pues pasará por la emigración forzosa y el exilio —en caso de vivencia de un impulso liberador por parte de la persona investigadora, lo que acabará por insertarle como sujeto colonizado en otros sistemas perversos— o por la sumisión total y el saqueo absoluto en la nación —sea la aragonesa o la española, a elegir. Es decir, tendrán que pagar con su sangre, sudor y lágrimas los costes de su esclavitud —a través de costosos masters de dudosa calidad, de renuncia de becas públicas o de una competencia atroz. Ante este porvenir, hay que pensar como construir la resistencia científica. Quizás sea útil volver a girar la vista al régimen constituyente del parlamentarismo actual, que no es otro que el franquismo, su corrupción y su dedocracia.
[1] Consúltese: http://www.precarios.org
[2] Durante la transición española, tras el franquismo, las luchas de los «trabajadores» científicos, penenes, fueron determinantes. Consúltese el texto anterior publicado en este blog http://aragonmalinvestiga.blogspot.com/2007/08/beca-para-la-elaboracin-del-proyecto.html
[3] Sin ir más lejos, uno de los documentos internos de la Federación de Jóvenes Investigadores, a mediados de la década del 2000, intentó subtitularse: La esclavitud del siglo XXI. Al final, se usó un eufemismo. En todo caso, el fraude a la seguridad social ha forzado en unas pocas veces a actuar al mismísimo Estado en estos casos de no declaración de derechos sociales.
Para saber más: Edgardo Lander (comp.), La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas on-line: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/lander/lander.html


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